
Siempre hay una primera vez para todo. Uno cree que ya nada puede sorprender ni despertar esa secuela de originalidad que parecía archivada en algún recoveco. Últimamente venía así, orbitando el cosmos sin mucho que decir.
Hasta que llegué a la otra catarata, la compartida por una doble frontera africana. Zambia y Zimbabwe, separadas territorialmente por un punto geográfico estratégico y, al mismo tiempo, de una belleza desarmante. Las Victoria Falls son la versión de este continente de nuestras Cataratas del Iguazú: un río que divide, un puente que conecta y la magnificencia del paraíso latiendo a ambos lados de la frontera.
Y ahí fue donde, del lado de Zambia, junto a la vera del río Zambezi, salió un brownie prolijamente envuelto en una cajita take away de telgopor. Prendió la velita y empezó un cumpleaños inolvidable.
Y lo digo no porque la memoria lo endulce, sino porque por la tarde, después de cumplir con las formalidades migratorias entre babuinos curiosos y de cruzar el puente de hierro ideado por David Livingstone en aquellas épocas colonialistas y expansionistas, terminé de soplar la velita en la vereda opuesta, ya del lado de Zimbabwe.
Así fue. Justo cuando nada parecía capaz de despabilar la atención, caí en la cuenta de que acababa de celebrar mi natalicio en dos países distintos, en la misma jornada. Nunca antes. Sin precedentes. Una singularidad absoluta.





