
La casa de Luke Skywalker quedaba en Tatooine, un planeta en una galaxia muy, muy lejana. Su pequeña forma de iglú daba paso a un amplio interior circular.
Hoy la vi con otros ojos, diferentes a los de la película que me cautivó. Con ojos de viajero.
La cercana localidad de Tataouine se fusionó con el planeta ficticio. El exterior y el interior son, en realidad, dos locaciones totalmente distintas, separadas por más de 230 km de distancia. No había dos soles como en la escena final, y el manto blanco infinito era, en realidad, una salina donde fue montado el pequeño set de filmación.
Nada de eso me importó.
Porque cuando alguien ve con el corazón en lugar de con los ojos, el sentimiento sigue siendo inalterablemente perfecto.
La realidad supera la ficción, me lo explicaron mis emociones.





