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Beatle y Medio

El monumento a los Beatles en Ekaterimburgo, allá en Rusia, es mucho más que un mural pintoresco. Es un guiño enorme a toda una época en la que, en plena Unión Soviética, escuchar a los Fab Four era casi un acto de rebeldía. Durante años, los discos de los Beatles se pasaban de mano en mano como si fueran tesoros prohibidos, en un mundo medio clandestino donde lo occidental se escuchaba bajito, con auriculares bien puestos y el corazón latiendo fuerte.

Ahí, justo sobre esa línea imaginaria que divide Europa y Asia, está esta joya rara y entrañable. Una perlita que ya no necesita esconderse para ponerle ritmo al cuerpo. Y sin embargo, lo primero que me vino a la cabeza al ver el mural no fue el flequillo de Lennon ni el bajo de violín de McCartney… fue Mafalda.

Sí, Mafalda. Esa nena que, como los Beatles, también se plantaba frente al mundo. Ahí te das cuenta que el argentinismo te corre por las venas, cuando ante el Submarino Amarillo te salta el recuerdo de una historieta.

Y pensándolo bien, tal vez no haga falta sumarlo a Quino como “el quinto Beatle”. Capaz que lo que hizo fue otra cosa: enseñarnos que, con un par de preguntas bien hechas, también se puede cambiar el ritmo del mundo.