
Hay formas y formas de ir a laburar. Hay muchos tipos de laburo. Hay infinitas oficinas: en planta baja, en el último piso, en edificios que tiemblan cuando pasa el bondi y en otros donde hasta el aire acondicionado tiene más derechos que vos.
Pero hoy, ir a la oficina tuvo un condimento especial.
No estaba el súper de la esquina, ni la panadería La Ponderosa, atendida por Suzy, la septuagenaria que desafía el paso del tiempo con su juventud eterna, alimentada a base de maquillaje Avon y chismes de novela. Tampoco apareció Oscarcito, el canillita que siempre te guarda el diario del domingo antes de que lo impriman, con la revistita para colorear que no sabés si es para tu sobrino o para vos (porque vamos, pintar un dinosaurio siempre relaja).
No había malabaristas pasando la gorra en el semáforo, ni el clásico que te encara con un “¿tenés un pesito pa’ la birra?”. Olvidate del embotellamiento, del corte de ruta y de ese camión maldito que decide frenar en subida justo cuando vas tarde.
Hoy, nada de eso existía. Porque de un lado y del otro, lo único que veía eran atolones paradisíacos. Los colores, las formas, los tamaños…
Estaba bueno mi camino a la oficina. Era distinto.
Esta vez, el GPS me mandó por la autopista que circunvala el paraíso, esa que baja por colectora a la altura de Provincia de Ensueño y te deja directo en las Islas Maldivas. Casi me pongo corbata azul para no desentonar con las olas.





